En bici, descalza y despeinada…

La aventura comenzó mucho antes de este escrito, pero por ahora, comienzo en el momento en el que por una pregunta que no supe responder dije que quería estar “en Costa Rica, rodando en una bici, descalza y despeinada”.

Es muy difícil empacar para lo que no sabes que vas a vivir, y mucho menos cuando realmente no sabes hacia dónde vas. Sabes dónde empieza, pero lo que sigue es incierto.

Hice lo que pude con el equipaje, pregunté sobre el clima a medias, pero ni me preocupé. Metí lo más playero que conseguí y eso fue suficiente, todo lo que necesitaba cabía en el backpack que le había robado a mi hermana y que ya llevaba varios kilómetros recorridos.

Me despedí poco, no se me dan bien los dramas. Yo quiero volar sin olvidar mi origen, a mi gente, por eso no me despido, porque si el camino no nos une pronto, siempre nos tendremos en la distancia.

Muchos se van de Venezuela por diferentes razones, yo me fui a ver el mundo, a estar en todos lados y a la vez en ninguno, a ser como realmente soy, nómada, libre, feliz.

Cuando llegué al aeropuerto, sin saberlo me monté en el avión de la esperanza. A mi lado estaba una muchacha que, parecía perdida, nunca se había subido a un avión, no sabía realmente hacia dónde iba, con mirada humilde y preguntas desesperadas. Una señora le recomendaba potenciales trabajos desde el otro lado del pasillo, mientras otros compartían tips de migración. Esa parece ser la realidad de un avión que sale de un país que sufre.

Pero mi realidad era otra, no podía responder lo que ella esperaba, no sabía contestar a sus dudas, mi única ayuda, fue colocarle el cinturón cuando la vi confundida, sonreír y seguir con mi cabeza desordenada y mi música “upbeat” llena de aventura.

Así aterricé en Panamá, con un clima y un horizonte diferente. Con la fortuna de ver dos caras conocidas que tanto quiero, y con las que compartiría brevemente antes del próximo destino, Costa Rica.

El aeropuerto de San José colapsaba de gente que llegaba a ver a Maroon 5. Mientras yo casi a punto de pasar con el personal de inmigración escucho “Déjame entrar” de Carlos Vives, bautizada ahora como la canción de los sellos en mi pasaporte.

El hombre me pregunta:

  • Viene al concierto?
  • Ehhh no
  • Cuándo se va?
  • En tres meses
  • Que disfrute

Así entré al país de la “Pura vida”.

Al salir vi a Julio, la primera cara tica que me recibió como el mejor host posible. Me llevó a comer el primer “casado” de muchos, me hizo conocer San José con 15 kilos en la espalda y se fue conmigo a perseguir una “Churchileta” hasta la “Calle de la amargura”. Increíble por cierto! Una paleta de colita, rellena con leche condensada y espolvoreada con leche “pinito”.

Días de cambio, mientras descubro cómo cargar mi hogar de 15 kilos a cuestas. Feliz, agradecida con las caras familiares y las nuevas. Así comenzó mi relación conmigo, con mi cámara  y el camino, mientras persigo el sol, mi amado sol.

 

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