Los kilos viajeros…

Antes de partir, me ejercitaba 2 veces al día. Así me mantenía, en el equilibrio de entrenar y comer 200 veces cada dos minutos. Ir por pizza a Sette después del gym, una torta a  Franca, milhojas de queso y guayaba en Madame Blac y tardes de bombones en La Praline, comparando chocolate con “foreplay” y otras cosas más exóticas. Acoto, el bombón de romero con sal, es un beso intenso.

Por los momentos, eso no existe. Como lo que sea más económico. Especialmente en un país como Costa Rica, porque la “pura vida” es cara “mae”.

Mi primer voluntariado fue en un restaurante llamado Mariajuana, en Liberia. Allí las cocineras me consentían con casados, quesadillas, sopas aztecas, burritos, y yo a veces les hacía arepas y postres. No olvido la noche que hice la pasta Diablo y casi las hago llorar con la cantidad de picante que le puse.

Los mediodías eran de casado, plato típico de los ticos, que consiste en arroz, frijoles, ensalada, picadillo, un huevo y proteína, todo en cantidades enormes. Rosana se molestaba cada vez que se lo destruía cuando lo pedía sin arroz, o solo ensalada.

Con el calor de Liberia, solo tuve la fuerza para correr dos veces. Creo que era más alta antes de llegar a Liberia y me fui derritiendo poco a poco. Hasta ahí llegó mi equilibrio.

Además, en los hostales las cocinas son pequeñas, y para ser honesta, no motiva cocinar solo para mi. Así que por una semana, repetí lo mismo que hice por tres meses en Argentina, me “alimenté” con Cheerios!

Una de las mejores cosas de comer, es la compañía, compartir la mesa, la cocina y caminatas de postre. Gracias a esa buena compañía y mi pésima voluntad para decirle que no a la comida, no he parado de comer helado, se ha convertido en un cremoso ritual. En parte es mi culpa pero prefiero responsabilizar a los demás jaja.

He aquí la verdadera historia de mis kilos demás junto a otros food lovers:

Los helados de Monteverde fueron mi idea, ya no podía más con mi obsesión por el ice cream sandwich, me sentía como un drogadicto en abstinencia, pero sabía que al probar uno, desataría al monstruo. Oh y nunca había sido tan feliz con helado de higo, me compré una barquilla y fui corriendo a una hamaca como niñita, mientras el rocío de la montaña me bañaba. F E L I C I D A D.

El  fabuloso helado de vainilla de San Juan fue un intercambio con Lisa, yo hice la pasta, ella me agradeció con helado. En Liberia, combinaba el helado con mis trufas del restaurante y ice cream sandwich de supermercado.

En Tamarindo, Andrea le hizo caso a mi gran teoría, cuando dije que el helado era bueno para la resaca. Así que nos fuimos por un chocolate caramel.

En Santa Teresa, Norman, que los hace de Pitaya, con un color fucsia increíble. En San José, Julio que mencionó el furor que estaba causando la “churchileta” así que yo no estaría en paz hasta probarla. Y como cuando llegamos no había, una señora desconocida nos llevó por la ciudad a buscarla. La verdad, fue tan gloriosa que me compré dos.

Mientras que en Puntarenas,  me dijeron que tenía que probar el Churchil original que inspiró a la paleta anterior, ni les cuento el dolor de estómago que me dio. En un vaso, mezclan hielo granizado con sirope de colita, hielo, leche condensada, leche en polvo y dos scoops de helado. Mala idea por donde lo vea. Si quiere matar a alguien, cómprele un Churchil.

La comida es mi mejor forma de expresión. Así que preparar pancakes de banana a las 10 de la noche, y arepas con huevos revueltos, aguacate y queso fresco para un buen grupo de gente, después de surfear, fue tan delicioso como comer.

Pero no me quejo de las especialidades de los demás, las “bananas” de Ahren ha! Con mantequilla de maní, Nutella y coco rallado. Eso se ganó mi corazón de gordita.

Entre el tema de mencionar a tanta gente con la que he compartido bocados, afortunadamente, me han tocado dos ángeles del trasnocho. Porque si algo es seguro, es que la noche antes de tener que trabajar a las 7:00 a.m, es cuando todo el mundo quiere salir. Y sí, obvio que yo salgo también. Primero fue Sam que se apareció con unas panquecas, café y advil para la resaca, eso cambió hasta mi perspectiva sobre la vida.

Y luego Tim, el sol no lo dejaba dormir, así que se apareció con un pie de coco y irish coffee. Yo no tengo corazón, tengo estómago. Así que estaré siempre agradecida por esos bocados de mis sabores favoritos en momentos de trasnocho.

La vida es muy corta para hacer dieta, dicen por ahí. Patilla que se respeta, lleva su Michelin con orgullo a la playa. Y si amar comer es una enfermedad, nunca me quiero curar.

“Y al comer, cerraba los ojos como si cada bocado fuese un beso” Valenina Semtei. Besos de esos, quiero muchos.

Soundtrack: Banana Pancakes – Jack Johnson. Me pareció apropiado.

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