Capitulo 1. El taxi.

He tenido una vida interesante. Desde pequeña todo ha sido una aventura, porque la vida real puede ser tan extraordinaria como una película. Empecé esto como un diario de viajes, pero antes de llegar a esas historias, se me ocurrió contar de dónde vengo, la parte más compleja, la que nadie sabe, y la que formó mi carácter.
Todo tiene un principio, es muy fácil juzgar al libro por la portada no?
Cuando era niña mis padres tuvieron problemas económicos por un tiempo, no había mucho dinero, sin embargo era feliz, mi primera cicatriz y la más profunda, la tuve por caerme de un árbol de ciruela, obvio, mi mamá ya me había dicho que no me subiera porque me podía caer, así que cuando miro mi brazo derecho, veo un pedazo de mi infancia.
Al cabo de unos años, nuestra situación mejoró, pero no puedo decir que el país tuvo la misma suerte.
Sin importar el petróleo, ni los minerales, el colapso social fue inevitable, el gran tornado arrasó con todos. Sí, la economía empeoró, pero lo más doloroso siempre es la gente.
La violencia fue escalando, es lo que pasa cuando la impunidad reina. Nos coronamos en las listas de las ciudades más peligrosas y de los países con menos estabilidad económica.
Solo para entrar en contexto, según la última cifra oficial que vi, hace unos cinco años, la delincuencia se llevó en un año más de 50 mil almas, y 93% de los homicidios registrados, quedaron impunes.
*Cifras oficiales. Estas no volvieron a ser publicadas.
Es triste, pero tener cosas de valor, puede llevarte fácilmente a la muerte. Pueden entrar a tu casa mientras no estás, y llevarse tu cosas,  Y si la suerte no te
acompaña y estás en tu hogar cuando ellos llegan, tu destino depende de su voluntad. Así nos pasó a nosotros una vez, a las 8 de la mañana, pero así como entraron, salieron, fue rápido. En un abrir y cerrar de ojos, ya teníamos menos cosas.
El secuestro es una de las peores cosas, es la pérdida entera de libertad y dignidad.
Al final del día, siempre piensas que todos quieren hacerte daño, y te conviertes en una estadística, que a quienes están en el poder, poco les importa, no creo a ningún gobierno le haya importado jamás, ellos tienen guardaespaldas, nosotros no.
Yo soy, como tantos, parte de esa estadística.
Cuando tenía 17 años, ya estaba en la universidad, en mi mundo pequeñito.
Estudié periodismo, pero no quería ser ancla de algún noticiero, quería ser investigadora, persiguiendo alguna noticia, cosas que vemos en las películas.
Pero el mundo real siempre revienta las burbujas.
La mía reventó un día, en el que regresaba de una hacienda con mis amigas.
Era un momento caótico, mi familia me esperaba y ya yo iba tarde. Nuestro autobús llegó a la estación, pero yo iba tan relajada que me gasté el poco dinero que tenía en unos lentes de sol baratos, que perdería unas horas más tarde.
Mi amiga decidía si tomar un taxi a su casa, mientras por otro lado mi familia me llamaba para apurarme. Ella detuvo el primer taxi que llegó, no pertenecía a ninguna empresa, preguntó cuánto cobraba hasta su casa, y él le dijo que no iba para allá.
Ella, tratando de hacer una buena acción, preguntó si iba hacia mi zona. Y el hombre dijo que sí.
No le hice caso a lo que sentí, a lo raro que me pareció, a la mala vibra. Así que me monté en el carro, y para completar, me senté a su lado, en el asiento de adelante.
Me dijo que era un buen día, intentó parece amable y conversador. Yo solo pensaba en que iba tarde y mi papá me iba a regañar.
Recuerdo el interior de ese carro blanco, con muchos accesorios de un horrible color azul, en especial, recuerdo a este hombre moreno con pómulos prominentes, una franela gris, cabello despeinado y que sudaba demasiado. Su respiración era pesada, de esas que particularmente, me molestan muchísimo.
– Se equivocó de vía, por aquí no va hacia mi casa. Fue que pude decir cuando subió a la autopista que salía de la ciudad.
– Es porque no vamos para allá, esto es un secuestro. Dijo el hombre.
E inmediatamente, cruzó su brazo sobre mi y colocó un destornillador en el espacio entre el vidrio de la puerta.
Tan incrédula que soy, que no terminaba que entender lo que pasaba. Hasta que supe que era real.
En ese momento, sentí que el corazón se me salía del pecho, mi respiración se hizo rápida, y mis ojos se abrieron como si de repente, ya no podía ver nada.
En cuestión de segundos, este hombre se alteró, y comenzó a gritar.
– Si intentas algo te dejo como un colador en la orilla del camino, así que cállate. Fue lo que respondió a lo que sea que yo intenté decir, que seguro tampoco tenía sentido.
Inmediatamente, cruzó su brazo derecho hacia el otro lado de su cintura, y tomó un arma.
Sentí que chocaba contra un vidrio, que me sumergía en agua congelado, que me empujaban al vacío. Es ese momento en el que piensas todo y nada a la vez, en el que sientes todo y nada a la vez.
Paré de llorar, y me paralicé. Me imaginé muerta, en la orilla de la carretera. Pensé en lo que siempre me había dicho mi papá. “No te montes en taxis que no sean de empresas conocidas”. Porque eso, fue exactamente lo que hice. Me subí al carro de un desconocido. Sola y vulnerable. No era ni mayor de edad, no podía ni tomarme un trago legalmente.
Puso el arma a un lado, y mientras seguía con las amenazas, encendió un cigarro.
Me obligó a inclinar mi asiento al máximo para que nadie me viera. Y así iba yo, por la autopista, saliendo de la ciudad, contra mi voluntad y a merced de alguien que parecía bastante dispuesto a quitarme la vida si se le antojaba.
Mientras inhalaba el humo de su asqueroso cigarro, yo volví a llorar. Pero él me ignoró.
– Quítate la ropa. Me dijo.
Yo obedecí lentamente. Como esperando que se arrepintiera.
Quedé en medias, con pantys de rayas rosadas, y un top deportivo. No era un momento para pensar en mis mejores combinaciones de ropa interior.
– Te lo quitas todo. Demandó él.
– No! Respondí yo sin pensar en las consecuencias.
Y en un movimiento su cigarrillo encendido terminó rozando mi mejilla izquierda. Sentí el ardor en la cara y eso me molestó.
Me alejé y pensé que suplicar podría funcionar, pero eso fue peor. Supongo que por lo falso que sonó, porque realmente era lo último que quería hacer.
Se estacionó en una vía de servicio, y se abalanzó hacia mi, intentando tocar mi cuerpo con sus grandes manos con textura de lija. Cerré las piernas con toda mi fuerza, empujaba sus manos lejos de mi, protegiéndome a toda costa de lo que sabía que iba a pasar si no me defendía.
Mis manos no dejaban las suyas, tratando apartarlo, yo no dejaba de moverme. Era un hombre enorme, luchando en un espacio reducido, con alguien que tenía todas las de perder.
Se sentó de nuevo en su asiento y me miró con rabia. Tomó su arma y me dijo, quítate el top.  Y yo lo hice.
– Eres virgen. Dijo. Mientras yo, hasta el sol de hoy, no entiendo cómo llegó a esa conclusión.
– – Sí. Asentí.
Su respuesta fue mi sorpresa.
– Yo tengo una hija. Crees que en serio te haría eso? Salió de su boca como si se tratara de un chiste lo que había intentado hacer unos minutos atrás.
Busqué dentro de tanta incoherencia, un momento para calmarme. Y lentamente comencé a vestirme de nuevo, esperando una orden, un grito. Pero él no me detuvo.
El episodio había terminado, por el momento.
Comenzó a manejar de nuevo, y luego, sintió la necesidad de contar su historia. Y yo, me convertí en su audiencia. Supuse que era un cambio positivo dentro de nuestra extraña interacción.
– Yo no secuestro gente. Tu caíste porque me gustó tu cara. Yo vengo de “Puerto Cabello”, un doctor me mandó a matar a alguien que le robó una moto. Pero todo salió mal. Y tuve que salir corriendo. Me robé este carro. Y necesitaba plata, así que revisa qué tienes en ese bolso para que me des.
Dudé de su historia. No eran las cosas que acostumbraba a escuchar en mi burbuja.
Revisé mi bolso, y saqué el poco efectivo que me quedaba, porque antes había decidido gastar todo en unos lentes oscuros que no iba a poder usar, porque yo tenía miopía, y
con lo ciega que estaba, no dejaba de usar mis lentes de corrección.
No me alcanzaba ni para pagar lo que inicialmente me había cobrado para llevarme a casa. Contaba con que mi mamá pagara el resto del taxi al llegar.
Para mi sorpresa, aceptó el dinero, y no se quejó.
Tomó un retorno y comenzó a regresar hacia la ciudad.
Hablamos de su hija, de lo que yo estudiaba, inventé historias.
No llamó a mi familia para pedir dinero, no fue a mi casa a robar.
– Si me vas a soltar, déjame aquí. Le pedí.
– No te voy a dejar aquí botada para que otro haga lo que yo no te hice. Respondió.
Y continué en silencio.
Entramos a la ciudad y en una avenida, detrás de nosotros, estaba un carro de la policía.
Los miró y me dijo:
– Yo les hago el trabajo sucio. Así que ni te preocupes en hacer bulla.
Los saludó, y ellos siguieron su camino.
Paró el carro a un lado de la misma avenida, tomó mi mano y la besó.
– No te vuelvas a montar en un carro que no tiene placa. Eres muy linda para que algo te pase. Ah y necesitas lentes nuevos, esos están rotos.
– Cuídate y disculpa el susto. Se despidió.
Levantó mi bolso del piso, y me lo entregó. Salí corriendo del carro, sin saber qué hacer y qué esperar.
Al cabo de unos pasos, me paré y traté de razonar lo que había pasado, ese extraño encuentro de unas horas que para mi fue eterno.
Así que me senté en la orilla de la acera y acomodé mis pertenencias dentro del bolso desgastado que traía conmigo.
Cuando pude tomar aire, y calmarme. Continué caminando, esperando llegar a mi casa sin más percances.
Minutos más tarde, del otro lado de la avenida gritan mi nombre. Era mi hermana.
Corrí hacia el carro, me senté en el asiento trasero, e inventé una excusa que por más que intento recordar, no llega a mi memoria.
Recibí un regaño por llegar tarde, mi papá estaba molesto.
Por alguna razón que todavía no comprendo, nunca dije nada. Me parecía una historia muy loca para contar, especialmente causar angustia a mis padres, cuando mi vida apenas empezaba, y sabía que la policía nunca lo encontraría. Tampoco harían el esfuerzo de buscarlo.
Ese fue mi primer encuentro con las estadísticas. Bajo el consuelo de estar viva y completa, seguí como si nada.
Por unos meses no me volví a subir a ningún taxi, hasta que el tiempo hizo lo suyo y se me olvidó. Todavía subo al carro y pienso que si pasa algo, abro la puerta y me lanzo.
Todavía no puedo creer que lo haya escrito, pero a diferencia de muchos, yo estoy viva, y muy bien, hay otros que no pueden contar su historia.
No todo está compuesto de momentos felices, a veces estos pedazos amargos te dan una historia para que otros aprendan.
Deines 1 – El hombre del taxi 0.
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